Entretela e impacto de la reaparición del exministro de Economía. Los límites que el electorado le pone a Cristina pero también a la idea frentista de Kicillof. La inseguridad nutre la agenda de la oposición.
La aparición en un encuentro del peronismo cordobés terminó de reinstalar a Sergio Massa como un actor importante del ajedrez de poder que el peronismo librará hasta marzo. Pieza ambigua de un tablero asimétrico donde aparece más cerca de uno de los polos de la pelea sin fin entre Axel Kicillof y Cristina Kirchner, podría ser el candidato que ayude a resolverla o jugar, como el año pasado, un rol de “king maker” que le reserve influencia futura. Por ahora, su presencia solo confirmó una cosa: la idea de la unidad solo es factible si, antes, hay competencia.
En cierto sentido, el escenario que eligió Massa para coronar lo que comenzó como un “operativo clamor” de su dirigencia bonaerense, tiene un contenido simbólico: fue un homenaje a José Manuel De La Sota, el peronista cordobés que trabajaba por la unidad con el kirchnerismo, con el que había vivido enfrentado, cuando se mató en un accidente automovilístico. Ahí, en esa reunión, el líder del FR se saludó con Juan Schiaretti, con quien se detestan. El mensaje de Massa es claro: el camino del peronismo debe ser la unidad. Fue, de hecho, lo único que dijo en vos alta.
Pero detrás del llamado a la concordia, claro, están las jugadas personales. Massa quiere ser candidato a presidente, pero no sabe si puede. Por ahora, juega la instalación con una doble salvedad: si no llega, podría “bajar” a provincia -aunque ahora juré que jamás lo hará y haya vuelto a postular, por segunda vez en unos meses, a Juan Andreotti como su representante bonaerense- o reservarse el rol de articulador del nuevo formato electoral del peronismo. Un dato en este punto: el líder renovador está convencido de que el peronismo ganará el año que viene, salvo que incurra en mala praxis política extrema.
Pero la irrupción de Massa importa por otra cosa: ¿puede desbalancear la interna entre Cristina y Kicillof? Dicho de otro modo: Cristina podría bendecirlo otra vez como su candidato, cosa que él pretende. Kicillof, que recibió una señal de Massa sobre su futuro pero duda si la cumplirá, cree que el tigrense agitará esa posibilidad hasta el final. Para ella, que quiere que Axel no sea, representa un riesgo: ¿cómo reaccionaría su electorado si bendice al tigrense para una interna contra el gobernador? ¿Votarían lo que manda o habría una ruptura en su base, letal para su supervivencia política?
El comportamiento teórico del electorado también le pone límites a Kicillof. El gobernador estuvo, por pedido de Julio Alak, en un homenaje a Sergio Karakachoff, dirigente de la UCR platense asesinado por la dictadura. Bastó para alentar el pedido de un “frente anti Milei”. Pero en gobernación no se hacen ilusiones: creen que ningún radical de peso los apoyará, en primera vuelta al menos. Se lo dijo Carlos Bianco a un intendente que deslizó en privado su deseo de jugar con el gobernador. “No lo vas a hacer porque en ese caso en tu distrito votan al candidato libertario”.
El gobernador por ahora no altera su hoja de ruta: quiere que haya interna, pero cree que Cristina se la podría negar si se convence de que puede ganar; y está convencido de que navega como candidato natural por imposición de las encuestas. Por eso se mueve lento: al homenaje a De la Sota envió un representante -Carlos Bianco- recién cuando le confirmaron que iba a estar el gobernador Martín Llaryora. Mientras, consiguió del misionero Hugo Pasalacqua un compromiso para analizar un voto a favor de voltear las PASO, contra la postura histórica de esa provincia hasta ahora.
Esa foto de Kicillof en Misiones es la previa a la exhibición del desarrollo que tiene hasta ahora su armado “federal”, el sábado que viene en un acto en Avellaneda. Quiere dar imagen de potencia ante un peronismo qué saca cuentas de qué tiene cada uno. Massa, un híper profesional de la política tiene en ese plano una ventaja: se relaciona más naturalmente con el resto de la dirigencia. Gerardo Zamora, afirma que puede aportar gobernadores del norte. Deja entrever que incluso puede sumar algún radical. “Si es verdad, hay que tomarlo en serio”, dicen cerca de Cristina.
La jugada de Massa estableció, en todo caso, un punto en el que todos, por ahora, parecen acordar: solo puede haber unidad si, antes, hay competencia. Pero con una novedad: esa disputa debería ser “sin eliminaciones”. Es decir, sin un grado de agravio tal que perpetúe fracturas. Un análisis lo sustenta: en 2023, Juan Grabois obtuvo 500.000 votos en la PASO contra el tigrense. Pero después, 8 de cada 10 de esos sufragios, no fue para Massa, sino, presumiblemente, a la izquierda o la abstención.
Mientras, en un plano mucho más cotidiano, la inseguridad se cuela en la agenda: el tiroteo frente al colegio Emaús, grave de por sí pero que pudo ser tragedia, y provocó un cruce airado entre Patricia Bullrich y el ministro de Seguridad de Kicillof, Javier Alonso. El episodio tal vez anticipe un tópico de campaña. Pero tiene, aquí y ahora, trasfondo político. Alonso y Bullrich se llevan bien e intercambian mensajes. ¿Lo hicieron también esta vez? En el océano de desconfianzas que es la política, los cruces Patricia-Kicillof levantan suspicacias en LLA.
El mundillo libertario, mientras, busca forzar una interpelación de Alonso. Es casi imposible que ocurra, pero el pedido construye agenda. Y expone en carambola la interna ajena: fue Mario Ishii, un senador alineado con Cristina, quien le pidió al gobernador que “se haga cargo de la inseguridad”, tras el asesinato de un joven de 22 años en José C. Paz, su distrito. Como ocurrió con el funcionamiento de IOMA, en la guerra interna los adversarios de Kicillof recurren a los mismos argumentos que Sebastián Pareja ordena poner sobre la mesa a los libertarios.
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